cap 3
salió de la casa con los ojos llenos de polvo, con las manos llenas de restos de humedad. DeberÃa haber llevado puesto un abrigo azul oscuro o negro. DeberÃa haber ocultado su cuerpo, haberlo envuelto un poco más, encerrase lo más posible. Comenzarse a autogestar. Caminó igual que siempre, igual que todo el mundo, primero un paso y luego otro, pero en realidad era la primera vez que caminaba, la primera que dejaba de reptar, de arrastrarse por los suelos.
Llegó a la oficina pero se detuvo antes de entrar. Llamó por teléfono a su secretaria y le dijo que esa mañana se encontraba mal y que no irÃa al trabajo. Colgó sin más, sin dar más explicación que esa. No hacÃa falta.
Siguió su camino, sintiéndose raro. Diferente. No podÃa dejar de pensar en su madre sentada junto a la ventana. Le comprarÃa un libro a su madre, un libro a él. Hace tanto que no leo. Pero hacÃa tanto tiempo de tantas cosas, que ya estaba acostumbrado. Comenzó a mirar todos los lugares por los que pasaba, como si fuera turista, queriendo retener todas las imágenes. Retuvo cada casa, cada persona con la que se cruzaba y cada una de las bolsas del mercado que llevaban colgando. Retuvo el frÃo en su cara. Era como si realmente estuviera naciendo. Aceleró un poco el paso, cambió de mano el maletÃn, y metió su mano derecha en el pantalón. Sintió las llaves. Las llaves de la casa de Aimé. Aimé y mamá. Mamá, mamá mantis.
En ese momento recordó las escaleras retorcidas del pasadizo S. como si hubiera sido él quien las subió y bajó con un hacha en la mano cientos de veces. Pensó en la otra vieja, la que usurpaba dinero, no cariño. La vieja que entreabrÃa la puerta en mitad de la penumbra. La vieja que no sabÃa que ese dÃa, que podrÃa haber sido cualquier otro, le estamparÃan un golpe mortal. En ese mismo instante Enzo lo supo. Supo perfectamente qué libro regalarle a su madre. En ese instante lo supo todo.
Siguió caminando sin hacer ningún gesto de tensión ni de sorpresa. El aire siguió soplando con violencia contra su cara. HacÃa muchos años que no sentÃa esas cosas.
No podÃa recordar la última vez que no habÃa ido al trabajo. Tampoco lo querÃa hacer. No importaba. Caminó por diferentes calles, zigzagueando. Y al llegar a la librerÃa estaba casi entusiasmado.
Un libro, dijo para sà mismo. El libro. Y antes de pensarlo dos veces ya estaba parado frente a los clásicos y con el libro, regalo para mamá, en sus manos.



