cap 5

cogió las tijeras de la cocina, y aunque le molestaba tener que cortar el papel de regalo con unas tijeras tan grandes, tan inadecuadas, sabía que el mejor sitio para envolver el libro era su casa. Así que tuvo que usar las tijeras largas y pesadas con las que cortaba el envase del cartón de leche y las pechugas de pollo que comía los jueves. Después de cerrarlas y abrirlas un par de veces para intentar dominarlas, las puso sobre la cama, al lado del papel de regalo y el libro. Caminó hacia atrás y se quedó de pie, quieto, como si estuviese fotografiando la escena. El libro, el papel, las tijeras, el celo, y el lazo (el lazo era rojo como el que siempre pegaba su madre en los regalos que llevaba a las fiestas de cumpleaños de sus compañeros de colegio).
Cogió el libro. Lo quiso abrir pero no lo hizo. Miró las paredes de su casa, recién pintadas. Pensó en la humedad del cuartucho de alquiler del protagonista del libro, pensó en sus fiebres. Él no tendría fiebres. Su madre nunca enfermó después de castigarle, nunca cayó en cama por remordimientos de culpa hacia él; ni siquiera después de lo de Yago. Él tampoco caería. Él también sería fuerte.
Cortó lentamente el papel, respirando profundo, pensando que tenía que mantener las emociones y la mente fría desde ese momento. Miró las tijeras y sonrió. Eran pesadas pero no le quitaban firmeza a la mano. Cortó el papel en un rectángulo perfecto, parecía que lo hubiera medido con regla. Tengo que comprar varios elementos de papelería para tener en casa. Regla, gomas de borrar, lápices negros, más celo, unas tijeras más pequeñas, un metro.
Dejó el papel cortado, se levantó, fue a la cocina y anotó todo en la lista de la compra. Tendría que tener un cuaderno pequeño y disimulado donde pudiese ir escribiendo todos sus planes, no podría distraerse de nada y tampoco se podía permitir que por un descuido o por una distracción de segundos algo importante pasara desapercibido.
Una vez que anotó todo, volvió a la habitación para terminar de envolver el libro. Recordó todos los libros que había envuelto hasta ese momento. Él siempre regalaba libros a sus compañeros. Libros de cuentos, de historias, de dibujos. Siempre libros. Hay que hacer regalos útiles, ¿juguetes?, que eso se lo compren sus padres, decía la vieja. Así que siempre llegaba a casa de sus amigos con un libro envuelto en papel verde y toda la vergüenza de saber que una vez más el único regalo que quedaría sin abrir durante toda la fiesta sería el suyo. Antes de que siquiera la madre del cumpleañero de turno abriera la puerta, él ya sentía las náuseas subiéndole por la espina dorsal. Mamá, me siento mal, quiero volver a casa. Y la respuesta siempre era la misma, sus ojos clavados en los suyos y la palma de la mano empujándole el omóplato derecho para que diera un paso al frente y sonriera, porque la mamá de fulanito de tal ya estaba frente a él.
Miró la hora, aún era temprano para dormir. Debería haber ido a trabajar, así los días se pasan más rápido. Encendió el televisor del dormitorio y volvió a la cocina a prepararse un café, o un té, un chocolate, un vino, una cerveza, un zumo de naranja. Le daba igual. No tenía cerveza, ni vino, ni té, ni café, así que en un impulso de energía decidió bajar a la calle y comprar algunas latas de cerveza y aceitunas. Sonrió divertido. Le divertía hacer cosas que nunca hacía, le divertía pensar en tomar cerveza aunque fuera invierno y no tuviera invitados en casa. Cerveza y aceitunas. Pensó en comprar cigarros. Trató de ser igual que siempre con el dependiente, comentar que tenía una fiesta, pero tampoco hablar demasiado. Vienen unos amigos a casa, ¿sabe? Entonces llévese también unas patatas o unos quesos. Le pareció bien la idea. Soy mi propio invitado, pondré los quesos en la bandeja blanca que era de mamá y la cerveza la pondré en una de las jarras heladas. ¡Cuánto hacía que no estaba en una fiesta! Una fiesta, pensó. La fiesta de mi nacimiento.

cap 6

Cuando llegó a su casa estaba eufórico. Nunca se había sentido así. Tal vez alguna vez de niño, de muy niño. Pero hacía mucho tiempo ya que no sentía adrenalina en el cuerpo, en las venas. Podía sentir su cabeza respirar, respirar a través de las sienes, de los poros del cuero cabelludo. Le dolía la cabeza, pero no le importaba, se sentía vivo.
Se sirvió la cerveza, los quesos y las aceitunas tal como lo había pensado. El televisor seguía encendido. Se prendió un cigarro, le dio una calada profunda, dejó que los pulmones se llenasen de humo y se dejó llevar. Se fue. Viajó, se desligó de su mente como nunca le había pasado y era tal la adrenalina que tenía dentro que sin darse cuenta, al volver en sí, se estaba masturbando.
Estaba cambiando, todo él estaba cambiando. Se miró la mano. La mano llena de semen, de su semen. Acercó su mano a la cara, la olió, olió sus espermas y los besó, se empapó la boca de él mismo: de su semen que era su vida, vida concentrada en su mano. Lamió su mano, se lleno de ella.
Se acabó la cerveza, encendió otro cigarro y retuvo una fuerte carcajada: mis manos llenas de vida, mis manos que darán muerte. Tengo que serenarme. No puedo exaltarme tanto, no puedo dejarme ir de esta manera, los demás podrían notarlo. Se abrió otra cerveza, dio un trago tranquilo y entre aceituna y aceituna se fue relajando.