cap 7

Se despertó a las siete, como siempre. Se levantó tranquilo, con los nervios más controlados y la ansiedad solamente reflejada en su forma ansiosa de caminar por la habitación antes de decidir darse un baño. Después de bañarse revolvió todo su guardarropa hasta elegir lo que se pondría. Escogió una chaqueta verde, verde musgo, verde anticuado. Verde insecto. Verde mamá. Unos pantalones azules y una camisa blanca. Nada demasiado llamativo. Caminó descalzo un rato antes de terminar de vestirse, lo cual no era común en él. Primero, normalmente se ponía el calzoncillo, la camiseta, los calcetines y luego se vestía el resto del cuerpo.
Caminó a la cocina y se sirvió un vaso de zumo de naranja. Volvió a su habitación mientras se tomaba el zumo y dejó el vaso vacío encima del televisor. Fue al baño, se afeitó. Encendió la televisión en el canal de noticias. Volvió, aún descalzo, a la cocina, tomó directamente del envase otro trago de zumo. Volvió al baño, se echó agua a la cara, se la secó detenidamente y fue a la habitación a ponerse los zapatos. Ya con los zapatos puestos se puso un poco de colonia, cogió el maletín, las llaves y por último el libro; justo antes de salir se miró en el espejo de la entrada y marcó una suave sonrisa triunfal en su cara. Estaba listo. Podía sentir sus huesos y líquidos internos transformándose, transformándole.
Cuando ya estaba en la calle el viento le hizo sonreír una vez más el frío fue como una inyección de sangre en todo su cuerpo. Siguió caminando, mirando a toda la gente, tomando aún mayor conciencia que el día anterior de cada persona con la que se cruzaba. De cada negocio. De cada auto, de cada basura que había en el suelo. Pensaba en Raskólnikov y en los errores que él cometió. ¡Un hacha. Cómo se le ocurrió usar un hacha! ¡Tijeras, tengo que comprar tijeras! Aún era temprano y la papelería cercana a su casa estaba cerrada. Igual no voy a comprar las tijeras allí. No, tendré que ir al centro comercial, comprar las tijeras en un sitio lejano, comprarlo todo en un sitio donde nadie me conozca.
Mientras repasaba una vez más, mentalmente, todo lo que había anotado la noche anterior, ya había comprado los cafés con leche, los croissants y ya estaba tocando el timbre en casa de su hermana. Aún no quería usar las llaves, había tiempo para eso. Me distraje demasiado, pensó mientras se acomodaba el cuello de la chaqueta. Cerró la puerta del ascensor y notó que le sudaba la mano. Se concentró por un momento antes de indicar el piso y se dio cuenta de que todo él estaba alterado. Su respiración. Sus manos. Tenía en todo el cuerpo esa sensación de doble piel que provoca el sudor frío, transparente.
Respiró profundo y extrañó los cigarros de la noche anterior. Pensó en hacer de ello un ritual. Quiso relajarse. Respiró profundo una vez más y apretó el botón del cuarto piso. En lo que el ascensor subía él miraba minuciosamente, pero aún sin demasiada concentración, cada detalle a su alrededor. Miraba hacia afuera, hacia dentro. Las manos le sudaban, comenzaba a sentirse encerrado, ahogado, se le nublaba la vista como cuando de pequeño se tenía que quedar durante horas encerrado en su dormitorio con sus dos hermanos. Los tres, Solos. Luces apagadas. Y a no hacer ruido, cuidadito con hacer ruido que vengo para acá y ya sabéis la que os espera, así que mejor se quedan acá, tranquilitos, sin hacer ni un solo ruido. ¿Entendido? Yago y Aimé se dormían, pero él no. Se quedaba despierto, escuchando lo que pasaba detrás de la puerta, imaginando que no era su madre, que los ruidos venían de un piso vecino. Tengo que tomarme mi tiempo, no puedo querer acelerar las cosas, los procesos, o lo hago despacio o todo me saldrá mal. Son muchos detalles. Infinidad de detalles.
El ascensor frenó y sintió un vuelco en el estómago. No, me tengo que controlar, no me puedo permitir estos ataques. Tranquilo. Tranquilo. Y podría haberse echado a correr, salir del ascensor en dirección contraria, bajar por las escaleras y seguir corriendo hasta llegar a su oficina, a su casa. Tocó el timbre, y sintió ahora la palma de su mano empujándolo para dar un paso al frente. Venga, Enzo, quiso decirse. Pero no se dijo nada. En lo único que pensaba era en entrar a casa de su madre, de su hermana, a la casa matriz con cara de insecto reciclado.
Hola Enzo, me alegro que hayas podido venir más temprano. Hola Aimé, traje croissants para todos. ¿Y ese regalo? ¿Es un libro?. Enzo miró el libro y se quedó helado. Volvió a sentir un el vuelco, un hielo recorriéndole la piel. Se sintió serpiente sin veneno. Indefenso. Es para Ventura, uno de los diseñadores, fue su cumpleaños. Reptó esquivando a su hermana y entró. No puedo cometer los mismos errores que él, debo copiarlo y leerlo una y otra vez. ¡Pero venga, Enzo, déjame los croissants, no te quedes ahí estático!
Mientras Enzo pensaba en el libro, no se había movido ni un centímetro, tenía la mirada perdida, como si los ojos se le hubieran dado vuelta, como si estuviera mirando sus vísceras. En realidad sí las estaba viendo. De repente había entendido todo, había visto por completo su plan. Sabía perfectamente todo lo que tendría que hacer.
Para cuando se sentó en el sillón que estaba cerca de su madre, Aimé ya estaba de vuelta con la taza de café con leche y el plato de croissants. El café de la madre se enfriaba a su lado mientras Aimé lo miraba de reojo. Él no agarraba la taza, Aimé tampoco. Enzo se acabó su café con leche sin haber podido, ni una vez, darle de beber a su madre. Dejó su taza vacía sobre la mesa. Aimé cogió la taza de su madre, y sin decir nada, cansada tal vez, acostumbrada, intentó darle a la vieja su café. Enzo sentía asco de ver siempre la misma imagen, dio gracias de tener a Rafaela para que fuera ella quien se encargara de prepararle la comida, de darle de comer, de vestirla, bañarla, llevarla al baño. Sintió pena por su hermana y por la enfermera. Él hacía mucho tiempo que no tocaba la piel muerta de su madre, que no tenía que olerla. Se acercó como para besarla en la frente, pero no llegó a rozarla siquiera. Aimé se levantó y lo acompañó, sin decir una palabra.
El libro le pesaba en la mano, en la espalda, en el cuello. Sentía que el papel plastificado con que lo había envuelto empezaba a sudar.
Cerró la puerta sin importarle nada.

cap 8

Se cierra la puerta. Aimé se apoya, silenciosamente, contra ella y se deja caer hasta el suelo. Mamá, Yago, Mamá, Enzo, Mamá, café con leche, mamá basura, mamá barrer, mamá leche, mamá leche tibia.
Respira profundo y en lo que pierde la vista en su pequeña cárcel de cortinas de tela amarillentas, su mirada se detiene en la taza de café con leche de su madre. Seguro ya está tibia. Una vez más, seguro ya se le enfrió. Se levanta. Revuelta. Revuelta como se siente cada noche antes de acostarse. Cada noche desde hace más de treinta años.
Se queda mirando fijo a su madre, que sólo había comido medio croissant y que mira intermitentemente su taza de café con leche y a su hija. Su madre que no come si ella no está a su lado. Su madre que come de ella, bebe de ella, vive de ella. Su madre que así como le dio la vida ahora se la consume poco a poco. Su madre que asfixia sus fosas nasales, las fosas nasales de todo su cuerpo. Su madre que la amamantó toda su vida y que quiere, ahora, ser amamantada por Aimé. Su madre vieja y que se pudre. Su madre que huele a sudor de calcio. Su madre rancia.
Y se le caen las lágrimas, se mezclan con las mejillas y las absorbe su piel. Y ya ni llorar puede. Cada lágrima la come y la envenena. Cada lágrima que se traga vuelve a su hígado, a su páncreas, a sus pulmones y a sus huesos, y la matan por dentro. Y Aimé sólo la mira. La mira palpitante. La mira y le pide a Dios, a ese mismo Dios en el que ella ya no cree, que se la lleve para siempre, que la ayude a que su corazón palpite más fuerte. Siente su sangre bullir, y siente cómo sus lágrimas se licuan y vuelven a entrar por el rabillo del ojo. En su piel se mezcla el sudor nervioso y las lágrimas abortadas y no puede más, ya no puede más. Así que llora, aún pegada a la puerta, con un llanto seco, áspero.
Siente que respira rocas, que sus poros están empapados de lava. Se siente tan seca por fuera y por dentro que necesita beber agua, mojar su cara, su pelo. Si pudiera se metería la mano por la boca, por la garganta, los más profundo posible. Se levanta y va corriendo hasta el baño.
Su madre intenta llamarla, detenerla, pedirle que la ayude a desayunar, pero Aimé cierra los ojos y como caballo en pleno trote no deja de correr hasta que el agua caliente, hirviendo, le moja toda la piel, le empapa los sentidos, le golpetea la cabeza.