Sentirla
Olerla. Oler su piel pura, su piel aún llena de lÃquido amniótico. Su piel mezcla de entrañas y de sueños, de pataditas juguetonas, de hipos y cosquillas.
Jugar con sus deditos y sus rodillas, sus orejas, su ombligo, tan de ella.
Acariciarla desde mi frente, cual animal que protege a su crÃa, que la lava, la mima, la quiere, le enseña.
Rozar con mi naricita cada espacio de su ser. Hacerle cosquillitas con las pestañas. Verla sonreir.
Ver su deditos entrelazando y capturando el dedo de papá.
Convirtiendo el espacio entero de su padre en una pelota de cristal.
Danzar con ella entre ciclones de fantasÃa, asà como ella ahora danza dentro de mÃ.
Sentirla.
Sentir ese calor suave. Tierno.
Su latido galopante. Que viaja por mundos que luego no recordaremos, pero que la hacen soñar con marometas ventriculares y galletas de colores.
Vivirla. Vivirla.
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